Celebración de la Pascua

Al solsticio de invierno le sigue el equinoccio de primavera. En las regiones con las cuatro estaciones claramente definidas, se puede apreciar  cómo tras el frio y obscuridad del invierno inicia la resurrección de la naturaleza; la luz regresa, aparecen brotes en los árboles, las flores comienzan a florecer y aparecen vidas nuevas. Las aves incuban nidos llenos de huevos y pequeños conejitos y liebres mordisquean la primera hierba verde. Esto explica, en cierta forma, cómo en las diferentes culturas esta época se simbolice, entre otras cosas, con huevos, pollitos, conejos, orugas y flores.

En las culturas andinas el equinoccio de primavera constituye una época que se expresa en la celebración del Pawkar Raymi o Fiesta del Florecimiento. En la religión cristiana se manifiesta en la celebración de la Pascua y Resurrección.

Todos aquellos valores y sentimientos nobles, que en las fiestas anteriores recogimos y guardamos en nuestro interior, deben ahora convertirse en nuestro potencial de transformación interior para un nuevo crecimiento y un renacimiento personal y de nuestro entorno.

Las actividades escolares giran en torno a este  mensaje espiritual optimista, esperanzador y necesario, que se lo vivencia a través de los cuentos de Pascua, la elaboración y búsqueda de los huevos de pascua y el compartir de la fanesca.


La oruga verdePor ejemplo el cuento del La Oruga Verde trata de una pequeña oruga redonda y verde que deseaba jugar con las mariposas, pero estas estaban muy atareadas.

Entonces la pequeña oruga se queda sola y triste.

Por esta razón la oruga decide tejer un hilo de seda muy fino para envolverse en él y que nadie la vea.

Al final la oruga sale de su capullo convertida en una mariposa de mil colores.

En este cuento podemos ver el proceso que sigue la pequeña oruga hasta convertirse en una bella mariposa.



Foto de un usuario.El cuento de  la liebre (símbolo de la solidaridad y sacrificio por su capacidad de distraer a un depredador que ataca a uno de los suyos aun ofrendando su vida) trata sobre una familia de liebres que vive una aventura pascual con mucho trasfondo de valores y enseñanzas.  Los huevos representan fertilidad y como la vida continúa sobre la tierra venciendo a la muerte (Resurrección). 

Los niños y niñas de inicial y los primeros grados  viven estos acontecimientos con gran alegría sin entrar en razonamientos, estas vivencias constituyen  tesoros que más tarde, comenzarán a comprender en su totalidad.


 

La Oruga Verde por Sally Cutting.

*Cuento recogido en la recopilación de CUENTOS INFANTILES, de la Ed. Rudolf Steiner.

En una ocasión, Padre Sol cabalgaba alegremente por el cielo azul mientras pensaba: -Ya es hora de que llegue la primavera.  Madre Tierra y yo hemos de crear juntos la primavera.

Entonces llamó abajo: -Madre Tierra, mira hacia arriba, ha llegado el momento de la primavera. Tenemos mucho que hacer.

Madre Tierra miró hacia arriba desde su retiro invernal y respondió. -Sí, Padre Sol, realmente ya es hora de que llegue la primavera. Derrama tus rayos resplandecientes sobre la tierra. Entonces podremos crear juntos la primavera.

El sol brilló cálidamente, mientras Madre Tierra iba de un lado a otro, y allí donde ella sacudía su mano aparecían verdes retoños; más tarde, miles de capullos de colores como pequeñas estrellas se irguieron hacia la luz del sol.

Las pequeñas orugas salieron de sus huevos y empezaron a comerse las hojas de las plantas. A las plantas no les importaba -¡tenían tantas hojas!- y las orugas crecieron gordas trabajando activamente.

Una oruga acudió a Madre Tierra y empezó a refunfuñar: -No está bien -dijo- las plantas tienen flores que pueden mecerse al viento y mirar al sol. Y yo he de permanecer a la sombra de las hojas. ¿Por qué no puedo yo ser una flor y adorar al sol?

-Eres demasiado gorda -dijo Madre Tierra- tan sólo piensas en comer y en tu propio bienestar.

-Pero sé correr muy deprisa -dijo la oruga-. Dime cómo puedo convertirme en mosca. ¡Yo también quiero adorar al sol!

-¡Tienes grandes ideas, pequeña larva -dijo Madre Tierra.

Entonces habló lenta y solemnemente: -Existe una manera de llegar a ser distinto, pero es difícil y peligrosa. Aquel que vino del sol y trajo nueva vida a la tierra fue quien enseñó cómo conseguirlo.

-¡Dime, dime!- gritó la oruga- ¿qué es lo que debo hacer?

-Tienes que ser muy valiente y estar dispuesta a morir -dijo Madre Tierra-. Primero tienes que hilar para ti misma un vestido de seda blanco. Después ceñirlo bien apretado alrededor de tu grueso y pequeño cuerpo, y después recostarte muy quieta y esperar. El vestido de seda se pondrá completamente tieso, y te sentirás como si estuvieses cautiva. Tu cuerpo se desvanecerá lentamente, y creerás que vas a morir. Mas cuando apenas quede algo de ti, un ángel vendrá del sol y moldeará tu nueva forma dentro de tu pequeña celda. Lentamente tu nuevo y delicado cuerpo empezará a formarse, y con él podrás adorar al sol.

-Lo intentaré- dijo humildemente la oruga, y empezó a hilar el blanco vestido de seda.

Cuando el tejido que le envolvía se puso duro, se recostó muy quieta, esperando y esperando. El tiempo se hizo muy largo. La oruga sintió que se desvanecía y se preguntó si moriría. Pero el ángel vino del sol con su nueva forma y se la ajustó. Poco a poco su nuevo cuerpo, mucho más delicado y hermoso, fue creciendo dentro de su prisión. Finalmente, ésta se abrió con fuerza, y la oruga surgió a la luz del sol. Se dio cuenta de que tenía alas doradas y de que podía volar hacia el sol. Alegremente gritó:

-¡Soy una flor que puede volar! Gracias Madre Tierra, gracias Padre Sol. Ahora realmente puedo adorar al sol.
Así, la oruga que se había convertido en mariposa voló de flor en flor, cantando alegremente al Sol.

 

  La Liebre de Pascua
Cuento recogido por las escuelas infantiles Waldorf

Érase una vez una familia de liebres de Pascua; papá y mamá liebre y sus siete hijitos. Aquel año, papá y mamá liebres no sabían cuál de sus hijos sería la Liebre de Pascua. Entonces, decidieron llamar a su hijo mayor.

Escucha con mucha atención —dijo papá liebre—. Coge uno de los huevos de la cesta que ha preparado tu madre y llévalo al jardín de los niños.

El mayor de los hijos cogió un huevo dorado y se puso a caminar por el sendero del bosque; cruzó el riachuelo por el puente de madera, atravesó una pradera y llegó hasta la puerta del jardín de la casa de los niños. Como la puerta estaba cerrada, quiso entrar dando un brinco, pero con tan mala suerte que tropezó y el huevo se rompió.

Aquella liebre no podía ser la verdadera Liebre de Pascua

Llegó el turno de su segundo hermano. Éste cogió un huevo plateado y tomó el mismo camino que su hermano mayor. Pero al llegar a la pradera, oyó graznar una urraca: —Regálame este huevo y yo te daré una moneda dorada.

Pero antes de que la pequeña liebre respondiera, la urraca le quitó el huevo y se lo llevó al nido.

Tampoco aquella liebre podía ser la verdadera Liebre de Pascua.

El tercer hermano escogió de la cesta un huevo de chocolate y tomó el camino del bosque que llevaba a la casa de los niños. Al llegar al riachuelo vio una pequeña ardilla de grandes y oscuros ojos que saltaba de rama en rama.

— ¡Qué rico debe de estar tu huevo de chocolate! — ¡No lo sé. —Replicó la liebre —. Lo llevo a los niños. ¿No querrías probarlo? Solo un poquito. —Sugirió la astuta ardilla.

La pequeña liebre pensó que si probaba el chocolate nadie lo notaría. Así, pues, ella y la ardilla empezaron a lamer el huevo y, sin darse cuenta, se lo comieron todo.
Una vez en casa, y mientras le limpiaba los bigotes untados aun de chocolate, su madre le decía:
—Tampoco tú podrás ser este año la verdadera Liebre de Pascua.

Llegó el turno del cuarto hermano que, ansioso tomó un huevo con manchas de colores. Al llegar al riachuelo, se entretuvo un buen rato para mirar su cara reflejada en el agua y tanto y tanto se inclinó, que… ¡Patachof! El huevo cayó al río y se lo llevó la corriente.

Aquella liebre tampoco podía ser la verdadera Liebre de Pascua.

El quinto hermano cogió un huevo de color amarillo, y más contento que unas pascuas, se encaminó hacia la casa de los niños. Al cabo de un rato se cruzó con un zorro que, al ver aquel huevo tan brillante, le dijo: —Hola pequeña liebre. ¿Por qué no vienes a mi casa y enseñas este huevo tan bonito a mis hijos?

La pequeña liebre aceptó encantada y dejó que los pequeños cachorros jugasen con el huevo. Pero en un descuido, rodó por entre las rocas y se partió en mil trocitos. La pobre liebre tuvo que regresar a su casa con las orejas gachas.

Tampoco, aquella liebre, podía ser la verdadera Liebre de Pascua.

El sexto hermano cogió un huevo de color rojo y al llegar al puente de madera que cruzaba el riachuelo, se topó con otra liebre que le cortaba el paso. De las palabras pasaron a las manos y en medio de la pelea, el huevo de color rojo se rompió.

Y la pequeña liebre ya no tuvo que cruzar el puente puesto que su huevo rojo se había echado a perder.

Esta liebre tampoco podía ser la verdadera Liebre de Pascua.

Finalmente llegó el turno del séptimo hermano, la liebre más pequeña. Muy decidida, tomó el huevo azul de la cesta de su madre y emprendió el camino. Primero se topó con aquella liebre y antes de mediar palabra, la dejó pasar.

Un poco más adelante se cruzó con el zorro y sus cachorros y muy educadamente, los saludó sin entretenerse ni un segundo.

AI pasar el riachuelo procuró que el huevo no se le mojara. Tampoco atendió las sugerencias de aquella ardilla glotona.

Y cuando la urraca graznó, la pequeña liebre le dijo:—¡Tengo que seguir, tengo que seguir!

Por fin llegó al jardín de la casa de los niños. Como la puerta estaba cerrada dio un brinco, ni muy grande ni muy chico y dejó el huevo bien escondido en un rincón que los niños habían preparado.
— ¡Ahora sí! —Exclamaron papá y mamá liebre—. La más pequeña de nuestros hijos este año, es la verdadera Liebre de Pascua.